Lágrimas de titiritero

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-Baila pequeño, baila…

Los hilos transparentes amarrados a su cuerpo tiraban una y otra vez, levantando su mano izquierda y bajando la rodilla derecha, levantando su mano derecha y bajando la rodilla izquierda, levantando ambos pies al mismo tiempo y subiendo sus manos. En un dos por tres el muñeco comenzó a hacer un paso lunar que ni el mismísimo Michael Jackson podría haber igualado.

Los espectadores miraban fascinados el show del pequeño payasito. Uno de los más pequeños, mientras observaba atontado, se preguntaba quién era el hombre que levantaba y movía las manos como un imbécil detrás del muñeco. De tanto en tanto, uno que otro joven se acercaba a depositar una moneda en un sombrero negro, depositado en el suelo frente al muñeco. Ese sombrero separaba a la marioneta del mundo exterior. Ese sombrero separaba a la marioneta del público. Ese sombrero separaba al marionetista de cualquiera que observase su espectáculo, su vida, su arte.

Soledad, es caracteriza un día de trabajo de un marionetista.

Soledad, eso es lo que rige la vida de Eduardo.

...No solo vale limitar el espacio, también hay que limitar la vida. ¿Ven ese bosque de pinos que se alza junto a esa colina? En ese bosque se encuentra mi casa. Se creería que es imposible que, en pleno siglo veintiuno, un hombre viva aislado de todo, sin luz eléctrica, sin internet, teniendo que sacar agua de un pozo. Es imposible que en pleno siglo veintiuno, un hombre viva solo…

-¡NO ESTOY SOLO, NO ME MIRES ASÍ!

Desesperado, tomó al pequeño bailarín y lo arrojó con furia contra la pared.

-¿QUIÉN TE DIJO QUE ESTOY SOLO?, ¿AH?, ¡RESPONDE MALDITO MUÑECO!, TU NO ERES NADIE PARA DECIR ESAS COSAS, ¡TU NO ERES NADA!

La marioneta yacía sonriente en el suelo, mirando fijamente a su triste golpeador.
Los ojos del hombre se abrieron. Con sus manos cubrió su cara y se lanzó al suelo a llorar. Ya no había ninguna de las personas que, maravilladas, miraban como bailaban el ahora inmóvil muñeco. Ni siquiera algún joven que hubiera depositado una moneda en el sombrero, ni tampoco el pequeño preguntón, que fue el primero en correr del susto al ver la furia del titiritero.

No había ni una sola persona.

Porque a fin de cuentas, Eduardo el marionetista estaba solo, completamente solo.

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