Gafas oscuras

|
“Algunas veces… cuando ves directamente a los ojos a alguien… el más mínimo gesto… la más mínima expresión… puede revelarte los más profundos secretos de la vida de esa persona…”

-¡AGH!

El látigo lo golpeó fuertemente en la espalda. Detrás de él, su maestro enroscaba el objeto en su mano.

“Tienes una gran responsabilidad frente a tus ojos. El dolor que sientes ahora no es nada comparado con el dolor que vas a sentir en el futuro. Bien serás humano, pero el soportar la agonía de los otros está en tu sangre. A ti solo te queda apretar los dientes con dignidad.”

Otro golpe. Esta vez presionó los labios hasta que se volvieron blancos, pero no gritó. Esta vez, esta primera vez, contuvo con todas sus energías aquel fuego que lo quemó por dentro al momento del golpe.

-Bien- El maestro sonrió. – Lo estás dominando.

En una hábil maniobra, el maestro tiró a su discípulo de la cadena que tenía atada al cuello, acercándolo a su cara.

-Es parte de nuestro ser. Naciste con aquellos ojos puros por algo.

Lo abofeteó. La sensación de la mano quemando su mejilla no era tan insoportable como el látigo, pero si más humillante. Que la persona que más amas en el mundo te atormente de esa manera… Enderezó su rostro y lo miró a los ojos. Un par de gafas hacían salir a relucir todo el misterio encerrado en esa cara. Por algún enfermizo motivo, quiso besarlo. Contempló aquellos vidrios polarizados de color negro, y los vio. Aquella imagen, dos ojos color café intenso lo aterró. Quiso alejarse, pero aquel grillete en su cuello lo impidió. Trató de gritar, pero el quejido fue ahogado por sus reflejos, en el medio de su garganta.

-Los viste, ¿cierto?

No hubo respuesta. El chico estaba aterrado.

-Ahora sabes bien lo que se siente. Los ojos son la fuente de pureza de la vida, ellos te muestran cada detalle de la persona que estás observando. Viste mis ojos, por más que estuviesen cubiertos por mis gafas. Sentiste mi dolor por más que estuviese cubierto por mis gafas. Sentiste mis penas, por más que estuviesen cubiertas por mis gafas. Soy débil.

El joven quiso correr. Se vio en un parpadeo libre de su atadura al cuello. Al pronunciar aquella palabra, su maestro se paralizó. Levantó su mano y comenzó a abofetearse una y otra y otra y otra vez.

Lentamente, sus mejillas empezaron a sangrar por los reiterados golpes.

-¡Soy débil!, ¡por más que haya nacido dentro de esta asquerosa familia, soy débil!

-Yo… -El joven tan solo rompió a correr. Salió de la habitación tan rápido como pudo y escapó.

Al día siguiente, entró en una tienda de ropa, sin ningún tipo de dinero.

Una polera y un saco. Un par de gafas oscuras. Los guardias recién llegaban cuando el chico, semidesnudo, ya cargaba con toda la mercancía su auto. Se vistió tranquilamente y tomó el subterráneo.

Dentro, comenzó a mirar fijamente a quien pasaba frente a él. Nadie respondía la mirada, pues sus gafas cubrían completamente sus ojos en una negrura inexpugnable.

Se fijó especialmente en una mujer de mediana edad.

"Aún no puedo recordar aquel nombre. ¿Me odia? ¿Me ama?, en verdad, ya no sé ni que sentir. Me atormenta el hecho de que ni siquiera hemos hablado, y ya me lanzaría a un carro en movimiento, tan solo por que el me lo pediría. Soy una maldita enferma, que no puede controlar sus sentimientos. ¿Amor? Esa estupidez no existe. Tan solo una obsesión gigantezca, con un ligero toque de locura. Lo único que quiero en este momento es cerrar los ojos y soñar con él... No. Eres una ímbecil que no merece ni siquiera soñar. Lo mejor que podrías hacer para este mundo es morir. Vuélate la tapa de los sesos con una pistola; Lánzate a un puente; Cuélgate de un cinturón, de ese mismo que usaba tu marido todos los días hasta que llegó el cancer. Haz algo y pronto, porque tu maldita existencia no vale nada..."

Ya no necesitaba sentir nada más. No sabía si había leido textualmente la mente de la mujer, pero la preocupación en esos ojos le comunicaba aquel mensaje. Ya no necesitaba más.Se sentía mal en demasía. Quería bajar del metro, pero un impulso lo hacía quedarse con la mujer y evitar que hiciese cualquier estupidez. Su estomago, por el contrario, no se preocupaba un carajo por la mujer. A la siguiente estación, como por un acto reflejo, salto fuera del vagón. Comenzó a expulsar lo poco y nada que había comido en los últimos días. No había nadie en el andén que lo observase.

“Algunas veces… cuando ves directamente a los ojos a alguien… el más mínimo gesto… la más mínima expresión… puede revelarte los más profundos secretos de la vida de esa persona…” – Las palabras del hombre que la noche anterior lo atormentaba resonaban en su cabeza.

Tienes razón - Pensó.

"Es mejor que vuelvas a casa, ¿no?. Aún no estás preparado para esto" - La voz seguía retumbando en su mente, casi tan fuertes como el objeto con el que era despiadadamente golpeado.

No

Lentamente, comenzó a levantar la cabeza, cada vez con una mayor sensación de mejora. Frente suyo, se encontraba un hombre, con una sonrisa en los labios, ofreciéndole ayuda.

La serie de pensamientos fué muy fuerte para el. En medio de un grito, se lanzó al andén. El hombre nunca supo qué llegó primero, si el chorro de sangre, o el miedo.

0 comentarios:

Publicar un comentario