-Dime, ¿Cómo puedes vivir así? Estoy completamente seguro de que si te hacemos una radiografía, lo único que encontraríamos dentro tuyo serían toneladas de nicotina – Sus ojos examinaban a la chica, de igual manera que un scanner. Quizás no hablaba tan metafóricamente al mencionar la radiografía.
-Es que tú no lo entiendes. Nadie que sea perfecto lo entiende.
Ambos estaban tan cerca que se podrían haber besado apasionadamente, terminando con toda la reprimenda. Como en la fantasía, era obvio que se amaban. Pero hay mejores formas de expresar el amor que tan solo un beso, y ambos lo sabía perfectamente.
-Todo empezó de manera inocente…
-Lo sé, por eso te acompañé en esto. Decías que quería ser más bonita, y que empezarías a cuidarte. Me convenciste de tal manera que incluso yo te reprendía cuando comías comida chatarra. Yo, que siempre te consideré tan delgada como un palo.
-Pero tú sabías que no quería eso en realidad. Tú sabías por todo lo que había pasado.
-Mentira – la interrumpió – Siempre me mantuve en el parámetro de “amigos”. ¿Cómo diantres iba a saber lo de tu familia?
-Yo te lo dije… y no escuchaste. Fue cuando me dejaron de escuchar que… aparecieron – Una lágrima comenzó a escapar de su ojo derecho. Quizás aquella pequeña gota de agua era lo único libre en todo el lugar. Una esclava de sus propios demonios, y un esclavo de una esclava. Ambos amarrados por cadenas que no podían ( o no querían) admitir.
-¿Quiénes?
-Los que me dicen cosas. Los únicos que me dicen la verdad. Ellos me decían que había subido de peso, que me veía mal. Cuando veía alguna prenda que me gustaba, me alentaban. “Eso es un premio para tres kilos más, ¿vale?”, me decían. Nos hicimos amigos rápidamente…
-¿Fue entonces cuando me decidiste dejar de hablarnos a mí y a los demás?
-Fue entonces cuando me dijeron el “por qué” de mi sufrimiento. Estaba siendo castigada, de la forma más cruel que hay: La infelicidad. Todos eran mis verdugos. Mi familia, mis amigos, incluso lo que no estaba vivo. Todo me estaba haciendo pagar por mi horrible crimen – comenzó a sobar su muñeca derecha –a incluso yo misma.
El se quedó mirándola, esperando que continuase. Silencio. ¿Por qué no terminan con esto y simplemente lo olvidan? Cierto. Se aman. ¿No es gracioso como el amor siempre parece hacer todas las cosas más lindas, cuando en verdad lo único que logra es dificultarlo todo
-Ninguno de nosotros trataba de castigarte.
-Si, lo hacían.
-Mentira. Te queremos. Nunca te haríamos daño.
-¡SI!, ¡LO HACÍAN!. ¡EN LO MÁS PROFUNDO DE SU ALMA ME ODIABA PROFUNDAMENTE! ¡TODO PORQUE NO SOY PERFECTA COMO US…!
No pudo continuar hablando. Había comenzado a llorar histéricamente, y el la había golpeado.
Odiándola al igual que como la chica lo había descrito, la abofeteó con todas sus fuerzas para calmarla.
-No hay nadie perfecto, Isabel…
La chica no respondió. Seguía pasmada por el golpe. Anonadada, ensimismada. Si hubo un momento en el que de verdad hubiese querido asesinar a uno de sus verdugos, era aquél. Sombría, lo miró a los ojos.
-La gente es perfecta, a medida que sus jueces lo decidan. Mientras más jueces hayan presentes en la corte de tu vida, más difícil será satisfacerlos a todos a la vez. Lo malo es que si tienes una imperfección tan notoria como yo, habrían muchos más que te juzgasen. Soy una vaca gorda, que no puede para de comer, y gracias a ellos me di cuenta del error que estaba cometiendo. Si soy flaca, soy perfecta. Si soy más flaca, soy más perfecta. Si desaparezco de lo flaca que soy, tengo la perfección plena.
-¿Así que eso quieres?, ¿desaparecer? – ahora era él el que lloraba. - ¿morir? No te voy a dejar. Sola. Te amo. Te amo, ¿me oíste? Te amo desde el maldito momento en el que te vi, hace más de diez años. Isabel, no quiero que no existas.
La chica, perpleja, continuaba mirándolo fijamente a los ojos.
Aquel era el momento que había estado esperando toda su… vida. Obviamente amaba al chico con desesperación. Lo amó toda su existencia. Pero ella ya no estaba. Isabel se había ido hacía mucho tiempo.
-E… es muy tarde Gaspar –Más lágrimas. Si siguen llorando como un par de magdalenas van a provocar una inundación. – Yo también te amo, pero ya no existo. Morí cuando los conocí, cuando comencé a enterarme de lo imperfecta que era. Yo no estoy viva Gaspar, ¿entiendes?, yo no… - Y no pudo continuar. El muchacho había posado sus labios por sobre los de ella, tratando de abrir su boca con su lengua. ¿Cómo era que se llamaba?, Muy tarde. Ya acabó.
-Isabel, tu no estás muerta. Tu estás aquí. Conmigo.
Por primera vez se dieron cuenta del paisaje que los rodeaba. Un rojo atardecer coronaba la escena. Se encontraban junto a un rio, por sobre el que pasaba un puente para los autos. Las cristalinas aguas reflejaban el decadente sol, y la luna en toda su ascensión.
-Soy… tan solo un recuerdo.- se volteó. –Lo sabrás cuando mueras.- Lentamente, comenzó a marchar. Recién iba caminando cuando Gaspar se le adelantó.
-Si es la única manera de estar contigo, moriré. –De su bolsillo sacó una navaja, de esas que usan los boys scout y la abrió con una hábil maniobra. La hoja metálica parecía saludar a un viejo amigo.
Para la sorpresa de Isabel, el chico clavó la navaja en su brazo. Sus labios denuevo estaban juntos. ¿Cuál es el objeto de eso?
-Ven, vámonos de aquí. – Musitó Isabel –Te enseñaré a no vivir.
Juntos, abrazados los tres (la navaja en la muñeca de Gaspar no puede quedar afuera. Sería desconsiderado de un narrador como yo) comenzaron a moverse en dirección al río.
-Regla uno – sus labios se separaron y susurró en su oído – no debes respirar.
Juntó sus labios denuevo y los lanzó al agua. Para cuando Gaspar ya se había ahogado, los recuerdos de ambos se seguía, ahora recuerdo la palabra, besando.
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viernes, 26 de marzo de 2010
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