Indiferencia fantasmal

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Las olas rompían fuértemente bajo el acantilado. Él lo sabía. Lo sabía perfectamente, porque aquella misma fuerza marítima que deformaba las rocas bajo Él, también iban a deformar su cuerpo hasta quitarle la vida.
Tomó aire y comenzó a contar.
“Uno… dos…”
La visión de la chica interrumpió su última palabra.
Su pelo negro, de no haber sido tan corto, habría ondeado con el viento matutino perfectamente. Ella estaba en la misma posición que Él, mirando hacia abajo, contemplando como iba a morir.
-Es hermoso, ¿no?. Este sentimiento…
La chica ahora lo observaba, quizás preguntándose si estaba ahí por el mismo motivo que ella.
-¿Perdón?
-El saber que puedes arruinar muchas vidas con un solo paso. El saber que puedes finalizar tu vida. El creer por un breve lapso de tiempo que no le importas a nadie, y la negativa inmediata que viene desde tu cerebro.
Él sabía de que hablaba la chica. Por algunos momentos, se había sentido de la misma manera, y aquel sentimiento era el que lo había llevado hasta aquel acantilado.

Por sus ojos pasaron escenas de la noche anterior. El teléfono negro sobre la mesita de noche sonaba insistentemente, pidiendo ser acallado, mientras preparaba sus maletas. Una polera roja, una muda de ropa interior. La chaqueta sin la que no se le veía en público. Un par de calcetines limpios. Zapatos de cuero negro que había lustrado hasta que brillaron con la misma intensidad de una estrella. El teléfono aún sonaba, esperando ser acallado…
Se lanzó sobre su cama, sin tomar en cuenta al pequeño artefacto. Hacía tan solo unas horas que su mujer había estado ahí junto a Él, abrazándolo tiernamente mientras lloraba sobre su hombro.

-¿Cómo puede ser…?
-Shh, no hables mi amor, solo desahógate. Ambos sabemos que el destino puede ser muy cruel a la hora de quitarnos a quienes más amamos, solo para ver como reaccionamos. Si en algo me quieres, si en algo aún me aprecias, no le des la razón.
El siguió llorando por horas, en aquella misma posición. Fue entonces cuando la tenebrosa idea cruzó su mente.
-No le voy a dar la razón, porque no estaré vivo para hacerlo.
Ella lo miró a los ojos, pidiendo una explicación que ya sabía, y que nunca llegó.
-Puedes hacer lo que quieras, pero esa idea de que cuando mueres vas al mismo lugar donde están las personas que amas, es falsa. Si lo haces, no te volveremos a ver. Jamás.
Las lágrimas habían dejado de caer con su resolución. Tranquilamente, la miró también a los ojos.
-¿Quiénes no me van a volver a ver? Yo sé que tu no existes. Ni siquiera tengo la certeza de que yo exista…
La mujer ya no estaba ahí. En un parpadeo dejó de estarlo. El había vuelto a estar solo, tan solo como cuando ella lo abrazaba…
El teléfono comenzó a sonar denuevo.
Decidido, se levantó de la cama y abrió su armario.
El olor de su mujer seguía impregnado en aquel santuario de ropajes. Las ondas rosadas, ahora muy visibles, se acercaron a Él y lo atraparon por su nariz, haciéndolo avanzar, paso a paso hacia los cajones. Resistió la tentación de abrirlos, sabiendo que la visión de las bragas lo haría volver a llorar. Se resignó y comenzó sacar algunas prendas selectas, con las que, según él, le habría gustado finalizar con todo.
El molesto timbre aún seguía rompiendo sus tímpanos, y Él aún seguía ignorándolo.
Comenzó a lanzar desordenadamente las prendas a la maleta, ignorando todo elemento que lo distrajera de su tarea. Cuando hubo terminado, se desnudó y se lanzó a la cama. Cerró los ojos y se entregó al placer, al último éxtasis que sentiría en su vida.
No pudo dormir. A las tres de la madrugada, se dijo que estaba perdiendo tiempo. Tomó las llaves de su auto con una mano, la maleta con la otra, y se dirigió al garaje.
Condujo toda la noche, hasta llegar al balneario en el que la había conocido.
Miró hacia arriba y volvió a sentir la brisa marítima golpearle en la cara.
-Si, creo que tienes razón. Se siente genial.
-¿Sabes?, solías gustarme. Hasta antes del choque, solías gustarme. Pero la muerte me dio conciencia, de todo lo horrible que eras, de cuan… -Las lágrimas no la dejaron terminar la frase. Él la miró con indiferencia mientras lloraba, como lo había hecho tantas otras veces en el pasado.
-Como sea…
-¡No me trates así denuevo!, ¡tenme respeto!, ¡por lo menos ahora que estoy muerta!
-Como sea…

El llanto se descontroló. Como con aquel teléfono que fingió ignorar la noche anterior, se encontraba desesperando. Caminó hacia ella y la tomó por los brazos, tratando de silenciar sus sollozos con un beso.
En un abrir y cerrar de ojos, ella ya no estaba a su lado, ya no lo estaría más, y él… bueno, él estaba cayendo por el acantilado.

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