Los fantasmas también toman café.

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Estábamos las cuatro. Las mismas cuatro que nos reuníamos una vez cada cierto tiempo a tomar un café y conversar sobre trivialidades de la vida.
Después de todo, la edad nunca es ni ha sido obstásculo para la amistad.

Liliana, la primera, se encargó de llamarnos. Había pasado mucho desde la última vez que nos vimos y el tiempo (por favor que las demás no me escuchen) había hecho estragos en su cara. Claro, ella es indudablemente la más vieja de todas nosotras.
La que nunca falta, Juana, llegó tarde. Por alguna casualidad había tratado de “adaptarse a los tiempos” comprándose una plancha para el pelo. Paródicamente, se lo quemó, y ninguna de nosotras pudo contener la risa al ver las secuelas del accidente.
“Parece como si hubieras peleado con un pirómano y perdido” – Bromeé cuando ví aquel pelo pajoso dejando una cartera de cuero rosado junto al pequeño sofá.
La más joven, Isabel, fue la que llegó primera al café. Como siempre he dicho, mientras una es más senil, más cosas tiene que hacer. Isabel en este caso, es la menor, por eso siempre llega antes. No digo que sea una vaga, pero no tiene “hobbies”, como las otras tres.
Liliana es bruja, en el buen sentido de la palabra. Le gusta el esoterismo y todo eso. Yo estudio. Estoy prácticamente todo el día leyendo sobre leyes y códigos civiles. Juana es una deportista. Isabel en cambio, está todo el día acompañada de sus amigos... perdón, está todo el día escribiendo a sus amigos. Páginas y páginas, con las cuales se gana la vida.
No me presenté. Siempre he sido desconsiderada para esas trivialidades. Me llamo Teodora, Teodora Nosementanconminombre. Así me apodaron mis otras tres amigas, adivinen por qué.

El café esta vez era elegante. Pequeñas mesas rodeadas por cómodos sofás, forrados en fieltro rojizo, que por alguna extraña razón hacía juego con la cartera de Juana.
Liliana pidió un té de manzana. Juana un café con caramelo. Isabel pidió un café negro, y yo un capuccino. Para todas, pedimos algunas galletas, que desaparecieron apenas tocaron la mesa.

Entre risas, Isabel nos contaba de su maravillosa vida de soltera, y de como le permitía hacer todo lo que quisiese. Juana escuchaba fascinada, al igual que Liliana. ¿Es que acaso soy la única que disfruta de la dicha de estar casada?
Sorbí mi cafe tranquilamente. El tema se agotaría apenas alguna de las tres se diese cuenta de que yo no ponía atención. Así pasa siempre, y no solo conmigo. Cada vez que alguna se desconcentra, cambiamos el tema rápidamente. Nos vemos una vez cada nosecuantos años y no es para aburrirnos.

Parece que fue Liliana la que cambió el tema,proponiendo un tabú: El Aborto. Me interesé, al igual que las otras. Mi amiga nos hablaba de por qué la mujer tiene pleno derecho sobre su cuerpo, y a matar a lo que sea que estuviese dentro de ella. La pobre ya le tiene miedo tener hijos, y no pude evitar el notar cierto toque de aquel rencor dentro de su opinión. Yo ya perdí la cuenta de los hijos que se le han ido, pero ella no. Y no creo que nunca lo haga.
Juana nos dijo que una amiga de ella había abortado. Ilegalmente, claro. Con todos los amigos que tiene, ¿como no iba a haber alguna que lo hubiese hecho? Depresión, intentos de suicidio... Juana misma la había encontrado en su casa, tirada en el suelo, con los brazos llenos de tajos. ¿Cuantas no-madres habrían podido terminar aquel macabro acto, quitandose la vida? La duda casi me hace proponerlo como tema, pero decidí dejarlo para más adelante, o mejor, para nunca.

Isabel se quedó pensando. Por aquella joven cabeza corren millares de ideas, algunas buenas, algunas no tanto. Me pregunté de que tipo sería aquella que la atormentaba en aquel segundo.
Entre las ideas sobre suicidios y los pensamientos de Isabel, me perdí. Creo que la gente no bromea cuando me dice que tengo la concentración de una cucharita de té.
Cuando mi cabeza volvió a aquel pequeño café, Liliana y Juana discutían animadamente. No quise interponerme, pero haberme quedado callada habría sido casi tan grosero como dejar a Isabel aislada en sus ideas como estaba en ese momento. Decidí cortar ambos problemas por la raíz, preguntándole que cruzaba por su cabeza.
“En realidad, estoy buscando algunas palabras, tu sabes. Aquella palabra justa que le da digamos, el toque a mis libros.” Asi que Isabel estaba trabajando en un libro. Eso me explicaba
su abstracción. Durante todo el tiempo desde que la conozco, he tenido la oportunidad de presenciar aquello. Cuando un escritor como ella está trabajando en algo, “se taima”, como diría mi esposo. Pero el resultado de aquello siempre va a ser una obra maestra de la literatura. No por nada soy una de las más fieles lectoras de sus libros.

Liliana y Juana habían dejado de conversar. Ambas nos miraban como perdidas, tratando de meterse en la conversación. Decidí pedir más café, ya que mi taza estaba quedando vacía. Esta vez, Liliana también nos acompañó con la magia de uno.

Cuando se fue el camarero, Isabel hizo un comentario sobre lo buen parecido que era. Reimos.
“Parece que te está haciendo mal estar todo el día escribiendo Isabel. Entre todas vamos a hacer una campaña para conseguirte un macho de verdad” – No pude estallar en carcajadas ante el comentario de Liliana. Aquella mujer es un baúl de sorpresas, me dije.

Comenzamos a hablar sobre hombres. Morenos, altos, rubios... cada una tenía su preferencia.
Las tazas de café volaban a medida que transcurría la tarde, al igual que los temas. Política, religión, literatura, marcas de cigarrillos y hasta fútbol. Pero todas teníamos claro momento de nuestra despedida se acercaba cada vez más, por más que lo tratásemos de aplazar.
“Lo siento damas, pero tengo práctica de tiro al blanco” – Dijo Juana mientras se levantaba. – “Definitivamente fue un gusto verlas denuevo. Veamos si dentro de los próximos mil años a alguna de ustedes se les ocurre llamarme, ya que tienen descuidada a esta vieja obsoleta”
“De vieja no tienes nada mujer, asi que no digas habladurías” – Liliana se estaba levantando también – “Vine, tomé café, conversé, ahora me voy. Isabel, tu pagas la cuenta” -dijo mientras tomaba su cartera.
“Bueno, parece que esto se acabó amiga. Si quieres te voy a dejar a tu casa” – Le ofrecí a Isabel acabando mi taza de un trago
“No se preocupen, viene un amigo a buscarme” – dijo Isabel con cierto tono de jovialidad, sin poder evitar sonrojarse
Nos reimos todas al unísono.
“Por cierto, la próxima vez que me quiera tomar un café con un grupo de viejas decrépitas, las llamo”.

Salimos todas del café riendonos. Esperamos a que Isabel se fuera en el auto de alguien que no conocíamos, pero que todas aprobamos con un movimiento de cabeza.
“Esta mujer... sería mejor que se dedicase puramente a sus libros en vez de buscar matrionio” – Dijo Juana, esbozando una sonrisa
“Pero que cosas dices Jo, si ella ya está casada” – Me reí
“¿Qué?, ¿y qué papel jugamos nosotras en su vida, que ni siquiera nos invitó al casorio?” – La sorpresa se asomaba por la cara de mis amigas. Yo tomé un semblante serio.
“Es que nunca lo hubo. Fue el evento más casual que he visto en mi vida”
“Por lo menos nos harás saber el nombre del afortunado, ¿o no?” – La cara de Juana se agravó con mi comentario.
“Por supuesto mujer. El hombre recién es un chico, pero es un pan de Dios. No estoy muy segura de su nombre, pero creo que era Algo Cold... a sí, era Alexander Cold.”
“Vaya... y yo que pensaba que esa mujer era una lesbiana de closet” – Liliana hacía para un taxi, en el que subió junto con Juana – “Bueno, su vida es su vida y no nos tenemos que meter. Cuidate vieja, nos telefoneamos un día de estos”
Me despedí de ambas con un beso en la cara, sin tener muy claro si alguna de las dos hubiese entendido que Alexander Cold era un personaje de mi libro favorito de la Chabe.

1 comentarios:

Lord Faerigan dijo...

Esta muy bueno xD

Pero, cuando dice "(...) Liliana hacía para un taxi, en el que subió junto con Juana (...)" No debería ser que hizo PARAR el taxi? xD

Esop, ahora me pongo al día con tu blog xD

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