Lentamente, puso sus manos sobre su cabeza, tratando de hacer que las ideas fluyeran por aquel cerebro sin ocurrencias.
-Mierda... mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.... ¿cuando voy a aprender a no meterme en lo que no me importa?
Pero por más que lo tratase de negar, le importaba. Mucho. Su vida era aquello...
-Azul... si llegara a teñirme el pelo azul como Slade en aquella escena... sería... perfecto...,pero faltan accesorios. Falta personalidad, falta hacerlo resaltar... falta brillo... bingo!, brillo!. El pelo azul estaría resaltado por una capa de purpurina sobre los ojos... una camiseta plateada y... no, si usase el mismo color en los pantalones sería como ver a una bola de acero en la calle...
Miró hacia el computador. Una fotografía de Brian Slade utilizada como fondo de pantalla le devolvía la mirada.
-Eso es... negro, y plataformas. No. Lona para los pies. Lona negra, y con eso estaría terminado... – La fotografía de su ídolo lo miraba a los ojos, como si estuviese complacido con aquel comentario.
Brian Slade. Coprotagonista de la película noventera Velvet Goldmine. Bisexual. Cantante de rock sicodélico. Con una vestimenta tan estrafalaria como la suya no hubiese podido ser otro quien hubiese fundado el glam, destacado por la exaltación de la imagen hasta llevarla a límites grotescos...
Grotesco. Esa era la palabra que lo definía todo.
La grotesca ambición de no ser igual a los demás. La grotesca visión del romance. La grotesca cantidad de veces que había repetido esa película en su ordenador. La grotesca cantidad de fotos que tenía de Slade, escondidas en una caja de zapatos bajo su cama. La grotesca manera en que una simple película se había convertido en un código de conducta que era seguido por miles de infelices a lo largo del mundo al pie de la letra.
Todo era grotesco.
Sonrió ante este pensamiento. Aquel look sería perfecto. La armonía de los colores, resaltándose el uno al otro en un eterno baile que afectaba los sentidos de cualquiera que se atreviese a mirarlo directamente, aunque fuese a la distancia...
Acercó su rostro a la pantalla del computador, donde ahora se proyectaba como salvapantallas un acercamiento a la cara de David Bowie, el príncipe blanco, y lo besó en los labios compuestos por miles y miles de pixeles. Escuchó pasos. Con un rápido movimiento de dedos, presionó el botón “apagado” de la pantalla, desmaterializando todos aquellos sueños que nunca se cumplirían...
-Alejandro, ¿Terminaste ya con el proyecto de psicología?
En la puerta se apreciaba la figura de Arturo, su compañero de habitación. Vestido tan solo con una camiseta que marcaba sus pectorales, se apoyaba en el marco de la puerta mirando directamente a los ojos.
Ni siquiera había comenzado con el ensayo.
-No te preocupes, lo tendré listo para esta noche. A propósito, necesito que me prestes esos pantalones negros que ya no usas
Sin esperar respuesta, se levantó y se dirigió hacia el armario. No tuvo que buscar mucho para encontrarlos. Yacían bajo todas las prendas, esperando ansiosos por el momento en el que los pantalones entubados volviesen a estar de moda.
Cuando se dió vuelta, Arturo ya no estaba ahí.
Fue hacia su gaveta y sacó una pequeña bolsa junto con una lata de spray. De la bolsa sacó un porro. Casi con un chasquido de sus dedos, lo encendió. El humo de la yerba quemada le produjo una ya conocida sensación de relajamiento. Lentamente, tomó el spray entre sus manos y apretó el gatillo, dirigiéndolo a su cabeza. La pintura azul comenzó a salir del dispensador e impregnarse sobre su pelo.
Cuando su cabellera estuvo completamente azul, se quitó la camiseta y la ropa interior, y se dirigió al armario en busca de su camisa llena de brillantes plateados. Como si lo estuviese llamando, aquella extravagante pieza que funcionaba como reflejo de la retorcida mente de algún desconocido diseñador de los suburbios de francia brillaba. La sacó y cuidadosamente la pasó por sobre su cabeza, tratando de evitar mancharla con el tinte y jaló hacia abajo. Notó que casi no podía respirar.
-Como dice el dicho, para ser bella...
Se puso ropa interior y los pantalones, tomó un estuche blanco que yacía sobre su cómoda, y salió de la habitación de aquel malogrado intento de pensión estudiantil, dirigiendose al baño.
Entró y no pudo evitar sentir nauseas. El olor a orina le llegó como una patada en la cara. Mientras se tapaba la nariz y la boca con una mano, fue hacia el excusado y bajó la tapa, sin siquiera (gracias a Dios) mirar adentro. En la tina, el vello púbico de un anónimo ocupante la hospedería descansaba sobre el borde que ya había perdido su color por el uso. Dió un giro.
La extraña imagen de un chico de cabello azul le miró desde el espejo. Hizo una mueca que emuló una sonrisa ante el desconocimiento de su propia imagen, mientras sacaba del estuche un pequeño frasco de purpurina, del mismo color que su artificial cabellera, y se la aplicó suavemente por sobre los ojos. Cuando hubo terminado su tarea, salió agradeciendo de la asquerosa habitación.
Fue hacia su cuarto casi por instinto. Tomó su bolso y partió hacia el vestíbulo.
Arturo no estaba ahí. Seguramente había partido solo a la universidad. Sin maquillaje. Sin ropa extravagante. Sin una identidad propia. Solo otro esclavo del status qúo más.
Embriagado por estos pensamientos, no se había dado cuenta cuando ya estaba fuera. Una mugrienta calle de un barrio marginal de Concepción le dió la bienvenida a un día más de la ardua vida de un típico (o no tanto) estudiante de psicología. Decidió ir caminando hacia la universidad, que no distaba a más de un kilómetro.
Sacó una cajetilla de cigarrillos de su bolso y se dispuso a moverse. Al igual que su vestimenta, su caminar era único. Meneando las caderas a cada paso, y aspirando el humo del cigarro cada unos cuantos tanteos, solo logró avanzar tres cuadras cuando se vió rodeado por una pandilla de neonazis.
Las únicas palabras recordó fueron “maricón tragapollas”, seguidas de un puñetazo que lo derribó. Se colocó en posición fetal para aplacar los golpes, rogando por favor que no llegase ninguno a su cara.
Insultos. Patadas. Escupitajos. Lo único que quería era que todo terminase rápido, para poder irse a la pensión y quedarse ahí el resto del día, cubierto bajo la colcha color rojizo de su cama. Cuando no sintió ningún golpe más, se atrevió a abrir los ojos. Vió un par de piernas frente a el que se flexionaban, dispuestas a rematar su cabeza de una patada... que nunca llegó. En lugar de eso, sintió como una mano indiscreta agarraba desvergonzadamente su entrepierna. Abrió los ojos denuevo, más por sorpresa que por humillación. Lo único que pudo divisar fue la espalda de uno de los neonazis corriendo en la dirección en la que, seguramente, se había ido el resto de la pandilla.
Con esfuerzo, se levantó y se dispuso a caminar hacia la hospedería, pero ganaron sus ansias de comprobar los daños. Del bolso que yacía abandonado a escazos centímetros sacó un espejo y miró su cara. No habían moretones que denotaran lo sucedido, o si es que los habían, estaban escondidos bajo el maquillaje. Lo único que logró distinguir fue una parte de su labio que se encontraba sangrando. Con su dedo tocó el area. Estaba adormecida. Movió su dedo a lo largo de sus labios, cubriendolos completamente de sangre.
-Quien hubiese dicho que era lapiz labial lo que me faltaba...
Más animado, cruzó la calle en para buscar un taxi que lo llevase a la universidad...
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