Lástima

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Cuento que escribí hoy. Decidí volver a la escritura. Es mi pasión y quiero hacer de ella mi vida.


No es tan grave. Tampoco tan complicado. Ni siquiera creo que sea un problema. Lo único que quiero es no ser yo, pero sin dejar de ser yo, ¿me entienden? . Quiero otra personalidad, pero sin miedo a abandonar la mía actual. Quiero ser fuerte, al contrario de mi debilidad. Quiero ser indiferente, que no me importen los demás. Ególatra, frío, sin miedo a nada. Todo lo contrario a lo que soy ahora. Pero no es que no me guste ser como soy, no. Para explicar mi deseo tendría que remitirme a la formación de mi personalidad, cuando aún era una alguien impensante, que no entendía asuntos del corazón… hasta que apareció ella.

No la había visto nunca en mi vida. Con el corazón en un puño, me acerqué para saludarla. Poseía una extraña belleza. Facciones agresivas, pero que te invitaban a seguir mirando hasta “agarrarle el gusto” a aquella extraña imagen. Conversamos. Nos acercamos… pero nada. Con el tiempo yo me fui convenciendo de que ella no era común, que era especial. Quizás fue eso lo que me llevó a alucinar con un enamoramiento que en verdad nunca sentí, pero que deseaba en lo más profundo de mi ser. Me convencí a mi mismo de estar enamorado, y comencé a envenenar mi corazón con patrañas y caretas. Yo en ese tiempo era débil, susceptible a lo que los demás me dijeran, pero aún más vulnerable a lo que yo quería pensar. Poco a poco fui amando aquella imagen mental de ella que tenía, y a la vez fui olvidando a la mujer original que inspiró aquellos pensamientos…

Las cosas se pusieron mal cuando decidí confesarle mi amor. Un día, estando ambos juntos, por medio de versos escritos con noches de antelación, le dije que la amaba. Me miró con aquellos ojos brillantes, que ahora veo distantes, y me dijo lo que yo más profundamente temía. El amor, para ella, era algo que se siente una vez en la vida, y, según dijo, yo no le inspiraba más que una mezcla entre un profundo cariño y lástima. Lástima… aquello me rompió por dentro, transformándome y creando quien soy yo ahora…

Cambié. No dejé de ser débil, tampoco compasivo… pero por alguna extraña razón, me volví en extremo seductor. Quizás fue porque me odiaba a mí mismo. Odiaba aquel sentimiento que le provocaba a mi amada. Eso debe de gustarles a las mujeres. El odio atrae amor, el amor atrae pasión, la pasión nos lleva al Clímax. Me enredé con muchas, y de diversos tipos, tan solo para demostrarme a mí mismo que lo valía. Que valía el amor de una mujer, que era ella la que estaba mal. Pero mi corazón aún lloraba, y lo hacía justamente por ella.

Cuando la volví a ver ninguno de los dos era el mismo. Habían pasado años, ya ni me acuerdo cuantos, pero años. Durante ese tiempo, aprendí a sobrellevar aquel amor frustrado. Y también aprendí a odiarla. Todas aquellas barreras creadas por mi mente desaparecieron al tener su imagen frente a mí. Ella parecía indefensa, como si una flecha hubiese roto esa misteriosa aura desafiante que la rodeaba antes. Yo, en cambio, había madurado. Aún lloraba por aquella persona, pero de una manera silenciosa, sin que nadie se percatase. El llanto es una debilidad, y un hombre nunca debe mostrarla. De tantos lamentos mis ojos se habían vuelto opacos e inexpresivos, como si en algún momento, con aquella maldita palabra, hubiese terminado mi vida. Sin pensarlo, apenas nuestras miradas se cruzaron, la besé.

Fue un beso forzoso, lo sé. Pero ella lo correspondió con todo su ser, como si hubiese anhelado ese momento por años, quizás toda su vida. Estuvimos juntos por mucho tiempo, pero aquel término subjetivo ya no significaba nada para ninguno de los dos. Pasó rápido para nosotros, lento para el resto. Según sé, nunca me amó. Yo dejé de amarla apenas la obtuve. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que sentí nunca fue amor, sino una obsesión enfermiza, que mantenía mi corazón atado a aquel inmundo recuerdo.

Cuando nos separamos, el odio volvió a mi corazón. También al suyo. Ella me odiaba por haberla amado, por haberla querido tan enfermizamente… y por atraerla de igual manera. La seduje, me dije. Ella misma había creado esa habilidad en mí, y ahora estaba pagando el precio por ello. Yo la odiaba por tenerme lástima. Aquellos sentimientos se mantienen hasta hoy, y, sin embargo, aquella extraña flama de pasión aún no se apaga. Cuando nos reencontramos, ella se entrega a sus más profundos temores, y yo me entrego al deseo. Estamos juntos durante un clímax que no dura más de cinco segundos, y volvemos a odiarnos durante toda una eternidad. Y así continuamos aquel ciclo eterno de pasión y odio.

Me estoy desviando del tema. No es ella el centro de esto. Es la Lástima, con mayúscula. Es por ella que quiero dejar de ser yo. Pero ella desea este yo indefenso, débil y seductor. Renunciar a él sería como renunciar a ella. Por más que la odie, no puedo.

Pero la Lástima… ella también le tiene Lástima a ese ser, a esa asquerosa personalidad mía a la cual renunciaría con gusto por unos momentos, para saber que se siente vivir sin ese sentimiento de inferioridad que me atormenta desde que ella pronunció aquella maldita palabra…

¿No ven que no es un problema?, es muy simple. Más que simple. Quiero ser yo, pero no quiero ser yo.

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